Brasil y la entrada en vigor del Acuerdo de París

El país más grande del continente latinoamericano, Brasil, es el séptimo mayor emisor de gases de efecto invernadero en el mundo, con 2,48% del total mundial. Reconocido por sus esfuerzos para reducir las emisiones derivadas de la deforestación en la Amazonia desde 2006, el país tiene un gran potencial para ser uno de los líderes de la nueva economía verde. Pero aún enfrente grandes retos, como el gran aumento de las emisiones de la industria de energía -especialmente en el transporte- y el reciente aumento de las tasas de deforestación en el último año.

Las Contribuciones Determinadas Nacionales (NDC, por su sigla en inglés) que Brasil lleva al Acuerdo de París, proponen reducir en 43% las emisiones de gases de efecto invernadero para el año 2030. Otras propuestas, para la misma fecha, incluyen la restauración y reforestación de 12 millones de hectáreas de bosques; la recuperación de los 15 millones de hectáreas de pasturas degradadas; el aumento para 23% de la proporción de fuentes no hidráulicas de generación de energía, como la solar, eólica y biomasa; y el fin de la deforestación ilegal en la Amazonia brasileña (no existe ninguna disposición para otros biomas).

En un escenario internacional, los objetivos brasileños eran considerados ambiciosos. Sin embargo, los análisis realizados por WWF junto con el Observatorio Climático muestran que el compromiso asumido nos deja todavía por debajo de lo que sería una contribución justa a la seguridad futura del clima estipulado en el Acuerdo de París. Brasil debe y puede comprometerse a limitar sus emisiones de carbono a un pico anual equivalente 1GT en el año 2030, sin pérdidas para la economía, mientras sigue generando rendimientos positivos para el crecimiento del país; todo esto combinado con el mantenimiento de los ecosistemas naturales, responsables de los procesos de suministro de agua, alimentos y energía.

En el área de bosques, incluso después de doce años de declive, la deforestación de Brasil sigue siendo alta y, en los últimos años, empezó a crecer de nuevo. De 2004 a 2012, la Amazonia se redujo en un 80%, al pasar de 27.000 km2 por año a 4.600 km2. Pero en 2015, la tasa fue de nuevo a 6.200 km2, lo que representa un aumento del 24% en comparación con 2014. La pérdida de bosques, que es un área de cerca de seis mil canchas de fútbol por año, ha generado un fuerte impacto en la disponibilidad de agua en las principales ciudades y la producción agrícola, la cual siente cada vez más las pérdidas de producción. Para que funcione, es necesario crear herramientas de supervisión eficaces para todos los biomas (hoy en día se realiza sólo en la Amazonia) y desarrollar herramientas que promuevan la silvicultura, ambas inclusivas.

La energía se ha convertido en una preocupación importante en el escenario climático nacional. De 1990 a 2014 las emisiones de este sector se incrementaron en más de 120%; la mayor parte de la energía proviene de fuentes hidroeléctricas, pero por los efectos del clima, su producción se vio limitada y fue necesario recurrir a las centrales térmicas para su producción y provisión. Brasil tiene un gran potencial para expandir otras energías renovables como la solar, eólica y la biomasa, y llegar a una matriz 100% renovable. Solo en los sistemas solares fotovoltaicos en el sector residencial se puede lograr 165GW, que corresponden a 12 plantas de Itaipu (la mayor generadora hidroeléctrica del mundo hasta hoy). Con 2.400 km2 (0,03% de la superficie de Brasil) de sistemas solares fotovoltaicos instalados es posible satisfacer toda la demanda doméstica de Brasil -sin tener en cuenta el potencial de energía hidroeléctrica ya instalado y el potencial de la eólica y la biomasa. A pesar de todo esto, el país todavía ha dado señales mixtas en el camino del Acuerdo de París, con la aprobación por el Congreso Brasileño de un programa de estímulo de térmicas con carbón mineral a través de un proyecto de ley que, se supone, es para crear nuevas plantas. El proyecto se encuentra ahora en las manos del presidente Temer, que tiene hasta el 17 de noviembre para decidir si lo veta o no. (Accede a la petición contra el incentivo para el carbón, realizado por WWF y Greenpeace).

En la agricultura, el punto es la aplicación efectiva y completa del Plan de Agricultura de Bajo Carbono (ABC), puesto en marcha por el gobierno en 2010, pero aún no está en pleno funcionamiento, y la adopción de criterios de reducción de emisiones en grandes planes de gobierno como el plan de cosecha. Las alternativas permiten reducir en gran parte la emisión de gases de efecto invernadero en la agricultura y, al mismo tiempo, aumentar la productividad y mejorar la calidad de los ecosistemas de la región. Además de contribuir con el planeta, la aplicación de estas tecnologías puede traer más ingresos para la población.

La adaptación es otro tema que tiene un gran potencial sin explotar. Después de años de desarrollo, con la participación de diferentes sectores de la sociedad, el Plan Nacional de Adaptación fue publicado este año. Es necesario ponerlo en práctica y ampliar el alcance de los planes de adaptación estatales y locales, características que se espera beneficien el día a día de la gente, especialmente de los más vulnerables, expuestos a las sequías cada vez más severas y a las lluvias que cada año causan destrucción en algunos estados.

Este año hemos tenido grandes avances internacionales en la agenda climática con el Acuerdo de París, como la creación de un acuerdo mundial para el sector de la aviación internacional, la Enmienda de Kigali, la cual limita el uso de compuestos hidrofluorocarbonos (HFC) en los aparatos de refrigeración y el avance hacia una regulación de las emisiones en el transporte marítimo internacional.

El mundo se está moviendo hacia un futuro bajo en carbono y Brasil tiene todo el potencial de conducir un ambicioso proceso de reducción de las emisiones y una transición justa hacia una economía baja en carbono. Para lograr ese intento hay que internalizar los compromisos adquiridos en las políticas públicas alineadas a los mecanismos de gestión y financiación efectivos. Además, hay que empezar el proceso interno de actualización de nuestra ambición del compromiso climático con el fin de lograr la deforestación cero, una matriz eléctrica 100% renovable y la implementación de una economía baja en carbono. Así se puede demostrar en la práctica que es posible crecer económicamente con justicia social, del medio ambiente y el clima.

Publicado originalmente en la plataforma compartida por EFE y WWF “El Clima en Marruecos - La COP22 de Cambio Climático”. Esta publicación puede reproducirse libremente, citando el origen y a sus autores.