Cuarenta años después de la prohibición de la caza comercial de ballenas hay avances y trabajo por hacer

© Barrett&MacKay / WWF-Canada
Para una de las especies de ballenas más amenazadas del mundo, esta temporada de reproducción y crianza ha sido positiva. Hasta la fecha, los investigadores han avistado 22 crías de ballena franca del Atlántico Norte frente a la costa sureste de Estados Unidos, lo que señala una tendencia al alza, y que trae esperanzas, aunque todavía muy lenta para esta especie en peligro de extinción. Se estima que quedan menos de 400 ejemplares de ballena franca del Atlántico Norte, cifra que ha aumentado desde las 358 registradas en 2020.
Al igual que otras grandes ballenas, la ballena franca del Atlántico Norte tiene una larga historia de explotación. Los balleneros cazaron a esta especie —que llega a medir 52 pies(16 m) de longitud— hasta llevarla al borde de la extinción, extrayendo sus tejidos para la producción de aceite utilizado para la iluminación, el jabón, la margarina y otros productos.
En aquella época, la caza comercial de ballenas constituía la mayor amenaza inmediata para estos cetáceos. Se estima que, en menos de 200 años, fueron masacradas 3 millones de ballenas; es decir, alrededor de tres de cada cuatro grandes ballenas que habitaban el planeta.
Hace cuarenta años, el mundo se unió para implementar una moratoria global sobre la caza comercial de ballenas y brindar a estos gigantes, como la ballena franca del Atlántico Norte, la oportunidad de recuperarse. La moratoria de la Comisión Ballenera Internacional entró en vigor en 1986, si bien la caza ya había sido prohibida con anterioridad para algunas especies.
Hasta el momento, los resultados de la recuperación han sido ambiguos.
Las ballenas jorobadas han protagonizado la recuperación más notable. Se estima que la población del este de Australia, por ejemplo, asciende a 50,000 individuos, un aumento considerable respecto a los poco más de 100 ejemplares que quedaban en 1963, cuando se prohibió la caza de esta especie.

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Sin embargo, para otras especies —como la ballena franca del Atlántico Norte— la recuperación se ha visto obstaculizada por la intensificación de otras amenazas, tales como quedar enredadas en artes de pesca, las colisiones con embarcaciones y el cambio climático. De hecho, siete de las 14 especies de grandes ballenas están clasificadas por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) como en peligro de extinción o vulnerables.
Así pues, mientras la moratoria sobre la caza comercial de ballenas inicia su quinta década, hacemos un balance de lo que hemos aprendido desde entonces, así como del trabajo que aún tenemos por delante.
La caza comercial de ballenas no ha terminado por completo
Desde que entró en vigor la moratoria en 1986, para los miembros de la Comisión Ballenera Internacional ha sido ilegal cazar ballenas con fines comerciales. Sin embargo, ha habido algunas excepciones: Japón, Noruega e Islandia han seguido matando ballenas con fines comerciales.
Noruega e Islandia forman parte de la comisión y continúan cazando ballenas comercialmente dentro de sus aguas nacionales, amparándose en una objeción o reserva formal a la moratoria. Noruega se centra en las ballenas Minke, mientras que Islandia se dirige tanto a las Minke como a las ballenas de aleta, el segundo animal más grande de la Tierra.
Hasta 2018, Japón continuó con lo que denominaba “caza científica de ballenas” en la Antártida. Pero esto era, en realidad, una fachada para seguir cazando ballenas de manera comercial.
En 2019, Japón abandonó la comisión y continúa cazando ballenas minke, de Bryde, cachalotes y ballenas de aleta dentro de sus aguas nacionales. La buena noticia es que la demanda de carne de ballena en Japón está disminuyendo. El consumo alcanzó su punto máximo en 1962, con 226,000 toneladas; para 2017, se situaba en tan solo 3,000 toneladas.
“La caza comercial de ballenas socava los esfuerzos globales para recuperar las poblaciones de ballenas que aún se están restableciendo tras la explotación que sufrieron en el pasado”, afirma Chris Johnson, líder global de la Iniciativa para la Protección de Ballenas y Delfines de WWF. “Las ballenas migran a través de cuencas oceánicas completas, desplazándose a menudo por las aguas de varios países, lo que convierte su protección en una responsabilidad internacional compartida”.

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Se avecinan más problemas para las ballenas
Puede que la caza comercial de ballenas esté prohibida en casi todas partes, pero otros desafíos se están agravando. El impacto acumulativo de las amenazas derivadas de las actividades humanas no solo impide que las poblaciones de ballenas se recuperen, sino que también afecta a su salud. Los científicos están documentando una reducción del tamaño de algunas poblaciones.
Por ejemplo, una investigación de 2023 revela que las ballenas francas australes que visitan las aguas sudafricanas para reproducirse pesan un 23% menos que sus antepasados de la década de 1980. Además, están teniendo menos crías. Su tamaño reducido sugiere que el estrés provoca daños intergeneracionales en las ballenas. También refleja, en un sentido más amplio, el deterioro de la salud del ecosistema marino.
Las ballenas francas australes se alimentan principalmente de kril en las aguas antárticas, a miles de kilómetros de distancia. Deben acumular suficiente grasa —su combustible natural— para realizar sus masivas migraciones hacia las aguas más cálidas de Sudáfrica y para cuidar de sus crías. Sin embargo, el deterioro de los ecosistemas, provocado por las actividades humanas, ha hecho que su alimento sea cada vez más escaso.
Las ballenas de otras partes del mundo también están reduciendo su tamaño. Una investigación de 2024 revela que el tamaño de las ballenas grises del Pacífico ha disminuido un 13% desde el año 2000. Las ballenas francas del Atlántico Norte también son más pequeñas y menos corpulentas.
“Los impactos de las actividades humanas en nuestros océanos son cada vez mayores”, señala Johnson. “Las colisiones con embarcaciones —debido al creciente tráfico marítimo—, la captura incidental en las pesquerías, el ruido submarino, la contaminación por plásticos y productos químicos, y el cambio climático se superponen más que nunca en los hábitats críticos y los corredores migratorios de las ballenas”.

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La captura incidental —la captura accidental o el enredo de una especie en las artes de pesca— mata a aproximadamente unas 300,000 ballenas, delfines y marsopas cada año en todo el mundo.
Se prevé que el tráfico marítimo —otra importante amenaza— aumente hasta un 1,209% para el año 2050. Esto conlleva el riesgo de que se produzcan más colisiones mortales y de que el agua se inunde de una serie de ruidos que perturben la capacidad de las ballenas para comunicarse y orientarse.
Mientras tanto, la intensificación del cambio climático y de la contaminación —incluidos el ruido submarino y la contaminación por productos químicos y plásticos— dificulta cada vez más que las ballenas encuentren alimento y las hace más vulnerables a las enfermedades.
La Comisión Ballenera Internacional debe mantenerse activa
Como organismo mundial encargado de la conservación de las ballenas, la Comisión Ballenera Internacional cuenta con 88 naciones miembros. Este año celebra su 80.º aniversario, recordándonos que la cooperación global a largo plazo en materia de naturaleza no solo es esencial, sino también factible.
A medida que las amenazas para las ballenas han evolucionado, también lo ha hecho la comisión. Su mandato se ha ampliado más allá de la regulación de la caza de ballenas para ofrecer soluciones ante el aumento de las capturas incidentales y los enredos en redes, las colisiones con embarcaciones, la contaminación submarina y los desechos, así como para promover el avistamiento sostenible de ballenas.
Un ejemplo de su variada labor fue el lanzamiento, en 2011, de la Red Global de Respuesta ante el Enredo de Ballenas (GWERN, por sus siglas en inglés). Desenredar una ballena de una red de pesca es una compleja tarea y extremadamente peligrosa. La creación de una red mundial de equipos de respuesta capacitados para asumir este desafío está salvando ballenas, un enredo a la vez.
“La Comisión Ballenera Internacional desempeña un papel fundamental al reunir a gobiernos y científicos, compartir mejores prácticas y construir la base de evidencia necesaria para actuar”, comenta Johnson. “Y convoca a algunos de los expertos más destacados del mundo”.
En última instancia, la responsabilidad de la implementación recae en los gobiernos. La mitigación real solo se produce cuando los países logran traducir las directrices de la comisión —y la mejor orientación científica disponible— en leyes, reglamentos y acciones concretas en campo.
La efectiva conservación de las ballenas es un esfuerzo de equipo
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Para la mayoría de los países, la caza comercial de ballenas puede parecer un recuerdo lejano. Sin embargo, no debemos dar por sentada la moratoria. Las naciones que defienden activamente la moratoria deben examinar también el papel que desempeñan al contribuir a otras amenazas.
Hoy en día existe una gran oportunidad para coordinar acciones y colaborar de manera creativa, tanto en aguas nacionales como internacionales. Esto aceleraría la recuperación de las ballenas y contribuiría a su prosperidad.
La moratoria sobre la caza de ballenas, establecida hace 40 años, sentó un precedente importante al poner de manifiesto el potencial de las naciones para unirse en la protección de la naturaleza. El Tratado de la ONU sobre la Alta Mar —que entró en vigor en enero de 2026— nos brinda una renovada esperanza al sentar las bases para proteger la vida marina —incluidas las ballenas— en las zonas situadas más allá de las fronteras nacionales.
Cada éxito —desde la asombrosa recuperación de las ballenas jorobadas hasta el reciente y alentador repunte de las ballenas francas del Atlántico Norte— nos acerca un paso más a la restauración de la salud de nuestros océanos, que actualmente se encuentran desequilibrados.