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WWF

En la línea de producción: mujeres, trabajo y el futuro del atún sostenible

Employees working at NIRSA tuna company tuna processing facility, Posorja, Ecuador

© Antonio Busiello / WWF-US

La línea de producción avanza rápidamente. Una mujer con bata blanca y guantes recorta y clasifica el atún con increíble precisión, sin detenerse. A su alrededor, decenas de mujeres, concentradas y minuciosas, trabajan al unísono. Para muchas de ellas, este trabajo es más que un simple sueldo. Es estabilidad. Es seguridad. Es un futuro ligado, de forma silenciosa pero innegable, a la salud del océano.

Es fácil no darse cuenta de esa conexión. Pero cuando las poblaciones de atún disminuyen, las consecuencias llegan mucho más allá del mar. Los empleos se vuelven menos seguros, los turnos más lentos y las oportunidades se reducen. En Ecuador, uno de los principales productores de atún del mundo, los líderes de la industria y los socios conservacionistas han estado trabajando para cambiar esta trayectoria, demostrando que la recuperación de las pesquerías también puede ayudar a proteger a las personas —especialmente a las mujeres— que dependen de ellas.

Hace una década, el panorama era incierto. Especies clave de atún, como el atún aleta amarilla y el atún ojo grande, estaban sometidas a una creciente presión. Uno de los desafíos surgió del uso generalizado de dispositivos flotantes que atraen a los peces, lo que facilitó la captura rápida de grandes cantidades, pero también provocó capturas elevadas de peces jóvenes y de tamaño inferior al reglamentario antes de que tuvieran la oportunidad de reproducirse. Al mismo tiempo, los esfuerzos para gestionar la pesquería no daban abasto. Los países tenían dificultades para ponerse de acuerdo sobre los límites de captura, incluso cuando los científicos advertían de la necesidad de medidas más enérgicas. El resultado fue un sistema en el que la demanda seguía aumentando, pero las medidas de protección se quedaban rezagadas.

Employee processing tuna at the NIRSA tuna company in Posorja, Ecuador

© Antonio Busiello / WWF-US

WWF ya había intentado abordar este problema mediante una iniciativa nacional para mejorar la pesquería. Esta no logró el apoyo necesario debido a la escasa aceptación tanto del gobierno como de la industria. Por ello, adoptaron un nuevo enfoque: empezar con iniciativas más pequeñas, enfocándose en empresas dispuestas a liderar el camino.

Casi al mismo tiempo, la industria pesquera en general comenzaba a transformarse. Surgían nuevas expectativas por parte de los principales compradores e iniciativas globales como la Fundación Internacional para la Sostenibilidad de los Productos del Mar (ISSF), que impulsaban a las empresas a demostrar que sus productos se obtenían de forma responsable. Para las empresas con visión a largo plazo, la sostenibilidad se estaba convirtiendo menos en una cuestión de reputación y más en una cuestión de competitividad.

En Ecuador, un puñado de empresas dio un paso al frente. En colaboración con WWF, crearon TUNACONS, una iniciativa diseñada para mejorar la pesca, la gestión y el monitoreo del atún.

Los cambios fueron prácticos. Las empresas contrataron a científicos independientes para comprender mejor las poblaciones de peces. Apoyaron normas más claras que determinaban cuándo y cuánto pescar. Incluyeron observadores capacitados a bordo de las embarcaciones para monitorear las capturas. Y comenzaron a probar nuevos tipos de artes de pesca fabricados con materiales biodegradables que reducen el daño a otras especies marinas.

Para las mujeres que trabajan en las plantas procesadoras y a lo largo de la cadena de suministro, estos cambios tienen un gran impacto. La industria atunera de Ecuador genera decenas de miles de empleos, con una gran proporción de mujeres en la fuerza laboral y ocupando cada vez más puestos de liderazgo. Muchos de estos son puestos formales con protección legal, empleos de los que dependen las familias.

Cuando la gestión pesquera es deficiente, esa estabilidad se ve afectada. Los peces se vuelven más difíciles de encontrar, los volúmenes disminuyen y la producción se ralentiza. Los efectos se sienten directamente en campo. Una gestión más sólida ayuda a prevenir este ciclo. Mantiene las cadenas de suministro en funcionamiento, apoya el empleo estable y crea oportunidades para que las mujeres no solo trabajen, sino que también progresen.

Eso no significa que el trabajo haya terminado. En 2019, la Unión Europea advirtió a Ecuador sobre las deficiencias en el monitoreo y la trazabilidad, seña de que el progreso puede estancarse sin un esfuerzo continuo. Mantener el impulso requerirá mejores datos, una supervisión más rigurosa y una cooperación constante entre la industria y el gobierno.

Con el tiempo, esos esfuerzos dieron sus frutos. Hoy, el grupo representa una importante parte de la flota atunera de Ecuador, y todas sus pesquerías han obtenido la certificación del Consejo de Administración Marina (MSC, por sus siglas en inglés), lo que indica que cumplen con estándares de sostenibilidad ampliamente reconocidos.

La experiencia de Ecuador demuestra que, cuando se alinean los incentivos, el cambio es posible. Cuando los mercados premian las prácticas responsables, cuando las empresas toman la iniciativa y cuando se permite que la ciencia guíe las decisiones, las pesquerías pueden recuperarse.

Employees working at NIRSA tuna company tuna processing facility, Posorja, Ecuador

© Antonio Busiello / WWF-US

De vuelta a la línea de producción, el ritmo no ha cambiado. El trabajo sigue siendo rápido y preciso. Pero el futuro que lo respalda es más seguro que antes. La salud de las poblaciones de atún, la fortaleza de la industria y el sustento de las mujeres que la sustentan están más interconectados que nunca, y, por fin, avanzan en la dirección correcta.