Gestionando los caudales de agua a lo largo del río Grande
Cómo las personas están logrando que este emblemático río sea más saludable y resiliente
Por
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Madalen Howard

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El río Grande (río Bravo) nace de una manera bastante simple: como parte del deshielo de las montañas de San Juan, Colorado. Los caudales del cauce principal se desplazan río abajo y se complementan con afluentes y, juntos, nutren a los bosques, los peces y la fauna silvestre. También modelan paisajes y ensanchan valles, creando hábitats para los seres humanos quienes plantan huertos y cultivos, excavan minas, construyen ciudades, fábricas y vertederos, y que siempre exigen más y más de los ríos.
A partir de la década de 1880, los seres humanos comenzaron a construir derivaciones, represas y embalses cada vez más grandes en la cuenca del río Grande, dejando menos agua para los ecosistemas, la fauna silvestre y los propios ríos. Para la década de 1990, los impactos del cambio climático ya eran evidentes. Y hoy, la disminución de la capa de nieve y el aumento de las sequías han contribuido a una gran reducción del caudal en la cuenca del río Grande, y el pronóstico a futuro es aún más desalentador.
Si bien los derechos de agua para los humanos se asignan y cuantifican cuidadosamente, y a menudo se litigan, el río Grande en sí no tiene derechos de agua dentro de su cauce, ni derechos sobre sus propias aguas. Esto significa que la gente puede usar hasta la última gota, hasta el punto de secar por completo el lecho del río.
“Los ríos secos no son buenos para nadie ni para nada”, afirma Paul Tashjian, Director de Conservación de Agua Dulce de Audubon, Nuevo México, quien aclara el mito de que los caudales ambientales —el flujo de agua que mantiene los arroyos sanos— obstaculizan el desarrollo económico.
Cuando el lecho de un río se seca, deja varados y mata a los peces; perjudica las poblaciones de insectos, aves y fauna silvestre; y quebranta la resiliencia que tienen los bosques adyacentes de álamos. Cuando el río está seco, los administradores del agua tienen más dificultades para distribuir el agua almacenada río abajo. Y nadie puede afirmar que un lecho seco beneficie a las ciudades sedientas ni a los agricultores desesperados.
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De los resultados estadísticos a la estrategia
Actualmente, WWF y sus socios de conservación, incluyendo Audubon, Nuevo México, han cuantificado los caudales y las pérdidas en seis tramos del río Grande aguas arriba y su afluente, el río Chama. A partir de estas mediciones, elaboraron recomendaciones sobre los caudales ambientales estacionales.
“Cada tramo tiene sus propios valores únicos, especies indicadoras, problemas y oportunidades o soluciones que pueden implementarse”, comenta Enrique Prunes, Gerente del río Grande y Especialista Principal de Agua Dulce de WWF-US.
Además de las recomendaciones, los socios también han identificado estrategias únicas de conservación y gestión para reducir la brecha entre la cantidad de agua que necesita cada tramo del río y la que recibe cuando el sistema se regula exclusivamente para el consumo humano.
En algunos lugares, el trabajo directo en campo es más sensato, explica Prunes. Esto puede incluir la restauración del hábitat, la eliminación de árboles invasores como el cedro salado y el olivo ruso, y la reducción de las riberas para reconectar el río con su llanura aluvial. En otros lugares, las medidas de conservación tendrán el mayor impacto, especialmente en el sector agrícola, que utiliza la mayor parte del agua del río Grande. Estas medidas pueden incluir el arrendamiento de agua y programas de barbecho voluntario, así como la eficiencia en la entrega de agua en las granjas o para riego.
Además, los administradores del agua pueden optimizar los suministros disponibles. En algunos casos, dice Prunes, el agua no "falta" en la cuenca. Por ejemplo, Nuevo México suele liberar el agua que debe a Texas al final del año, en invierno. Enviar esa agua cientos de kilómetros río abajo en primavera tendría más sentido desde el punto de vista ecológico, imitando el flujo natural del río y proporcionando un impulso primaveral para peces y otras especies en peligro de extinción. "No se trata de agua nueva", señala Prunes. "Se trata simplemente de gestionar el agua que ya está en el sistema".
Y el sistema necesita ayuda.
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El "Tramo Olvidado"
El cauce del río Grande ya está permanentemente seco en el llamado "Tramo Olvidado", un tramo de 200 millas (322 km) desde las ciudades fronterizas de El Paso y Ciudad Juárez hasta la confluencia con el río Conchos. En el sur de Nuevo México, el río Grande solo fluye durante la temporada de riego, cuando los administradores del agua utilizan el canal para suministrar agua desde los embalses Elephant Butte y Caballo a agricultores y ciudades río abajo. Y la falta de agua se está extendiendo a lo largo de la cuenca: desde mediados de la década de 1990, largos tramos ubicados en la parte media del río Grande se vacían entre finales de la primavera y principios del otoño, y en el verano de 2022, un tramo incluso se secó en la ciudad de Albuquerque.
El río Grande nunca volverá a ser el río que era hace 200 años, comenta Prunes. Incluso si la demanda humana disminuyera y el río fluyera sin presas y embalses —si se le permitiera serpentear de nuevo con una amplia llanura aluvial sin desarrollar—, el clima es más cálido y seco que en el pasado.
Pero, afirma, el río Grande del futuro puede ser más saludable y resiliente que ahora. Todos los ríos tienen un valor intrínseco por sí mismos y también moldean el mundo que los rodea.
“El río Grande es un indicador del estado del resto del sistema”, menciona. Cuando la gente demanda demasiada agua, el río sufre primero. Pero luego, los agricultores se ven afectados. Después, las ciudades experimentan escasez de agua. Por eso es tan importante que ríos como el río Grande cuenten con caudales protegidos: “Tener un río funcional y resiliente es una indicación de que a las demás partes del sistema —la agricultura, las ciudades— les irá bien en el futuro”.