La conservación comienza con los agricultores: lecciones aprendidas de las acequias de Nuevo México
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Madalen Howard

© WWF-US/Diana Cervantes
En el norte de Nuevo México, las acequias —canales de riego comunitarios— han moldeado la agricultura, los asentamientos y la identidad local durante siglos. Su tecnología es sencilla: largos canales de tierra, excavados con palas y esfuerzo físico, que conducen el agua del río hacia los campos de cultivo. Representan uno de los sistemas de manejo del agua más antiguos de Estados Unidos que aún funcionan. Hoy en día, mientras el cambio climático ejerce presión sobre los recursos hídricos en todo el oeste del país, las acequias ofrecen un excepcional modelo de gobernanza democrática y responsabilidad compartida en una región con una escasez extrema de agua.
La tradición y la tecnología de las acequias surgieron de una mezcla de conocimientos provenientes de diversas culturas. El sistema de canales actual fusiona las prácticas de distribución de agua de los pueblos indígenas (Pueblo) con las técnicas de riego españolas y moriscas que los colonos españoles introdujeron en Nuevo México en el siglo XVII.

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La importancia de la comunidad y el agua
Hoy en día, la acequia sigue siendo la columna vertebral de la agricultura local. Para Emilio Borrego, un joven agricultor que trabaja tierras regadas por acequias, esta actividad representa mucho más que un simple trabajo.
“En las comunidades donde existen las acequias —creo que por eso precisamente se utiliza ese término—, el sistema es fundamental para la identidad y la razón de ser de la comunidad”, comenta Borrego. “Por lo general, se trata de personas que llevan un estilo de vida de subsistencia, ya sea criando animales, cultivando la tierra o realizando otras actividades similares. Toda su vida gira en torno al agua”.
Cada año, la comunidad realiza labores de limpieza del sistema y vuelve a poner el agua en circulación para regar campos y huertos. La granja de Borrego se encuentra aguas abajo del río Quemado; allí, el agua suele liberarse en primavera y fluir durante el verano, dependiendo del deshielo, de las lluvias de los monzones y de la cooperación entre los vecinos.

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Sin embargo, Borrego también ha sido testigo de cambios evidentes en la disponibilidad del agua a lo largo de su vida.
“Cada año hay un poco menos de agua”, señala.
A pesar de la solidez histórica del sistema de las acequias, él ha tenido que adaptar tanto los cultivos como los métodos agrícolas que utiliza. Ha optado por cultivos con raíces más profundas en la región, ecológica y culturalmente hablando, —como el maíz, el frijol y la calabaza— y se ha alejado de las hortalizas que requieren mucha agua y están pensadas para venderse rápidamente en los mercados de agricultores. También está experimentando con especies nativas y perennes, redes de intercambio de semillas y prácticas agroecológicas que aumentan la resiliencia durante los años cálidos y secos.
Un antiguo sistema de agua construido para el futuro
Para Don Bustos, un reconocido agricultor y figura clave de la comunidad del valle de Santa Cruz, los cambios climáticos y la escasez de agua representan el siguiente paso en un sistema diseñado para evolucionar. Bustos creció integrando las labores de las acequias en su vida cotidiana. Aprendió cómo fluía el agua en la comunidad gracias a su madre y sus tías, quienes le enseñaron las normas, las expectativas y las negociaciones que hacían funcionar el sistema.
La generación de Bustos recuerda cuando los vecinos coordinaban regularmente los horarios, los volúmenes y las reparaciones de emergencia, mucho antes de que existiera Zoom. Lo importante era la comunicación y el reconocimiento compartido de que el agua debía distribuirse de manera justa para que todos pudieran cultivar.
Esa filosofía —basada en la transparencia, el sacrificio compartido y la toma de decisiones colectiva— sigue diferenciando a las acequias de la agricultura industrial moderna. Mientras que los sistemas a gran escala suelen dar prioridad al mejor postor o al usuario de agua más poderoso, las acequias requieren un acuerdo unánime y anteponen la comunidad al beneficio económico. Se entiende que el agua no es infinita y que las decisiones individuales tienen consecuencias directas para los vecinos.

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A medida que la escasez se agrava en todo el suroeste de Estados Unidos, este modelo ha despertado un renovado interés entre investigadores y responsables de políticas públicas. Las comunidades con acequias ya han puesto en marcha acuerdos para compartir el agua, han priorizado cultivos que garantizan la seguridad alimentaria y han adoptado calendarios rotativos que ajustan el uso del agua a lo largo de la temporada de cultivo.
Actualmente, WWF y la Universidad de Nuevo México están realizando encuestas a agricultores de Nuevo México que utilizan el agua del río Grande (río Bravo). Las aportaciones de los agricultores sobre métodos de conservación del agua ayudarán a garantizar que el suministro hídrico siga siendo sostenible y resiliente, teniendo siempre en cuenta los medios de vida de los propios usuarios del agua.
Al mismo tiempo, los agricultores más jóvenes, como Borrego, se enfrentan a presiones que las generaciones anteriores no conocieron. Las condiciones de sequía han obligado a experimentar y adaptarse a un ritmo más acelerado, impulsando a los agricultores a sopesar la tradición frente a la practicidad. No obstante, ambos agricultores consideran que la innovación es compatible con los valores de las acequias, y no una forma de alejarse de ellos.
“El sistema sigue funcionando”, afirma Borrego. “Simplemente tenemos que adaptarnos al agua que realmente hay”.
Las personas como eje de la conservación del agua
La infraestructura de las acequias —zanjas, compuertas y estructuras de derivación construidas a mano— permanece prácticamente inalterada. Sin embargo, las personas que las gestionan han constituido siempre el verdadero sistema. En una región donde la escasez de agua ya es la norma, su enfoque ofrece una contranarrativa a la idea de que los conflictos por el agua son inevitables.
Para Bustos, Borrego y sus comunidades, la pregunta que define el futuro es la misma que guió a sus predecesores: ¿cómo distribuimos el agua para que todos puedan sobrevivir a la temporada? Su respuesta, basada en siglos de prácticas, no ha cambiado.
Se hace conjuntamente.
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